
Abatido, desgastado, agotado, moribundo… el hombre está a punto de darse por vencido. Justo antes de dejar que sus brazos caigan al costado de su cuerpo; casi de forma instintiva y sin aliento, hace su último intento por sobrevivir. Aquello que trató de evitar por todos los medios, aquello que subestimó, desprecio y apartó. Ahora, casi sin cuerpo, ya casi sin vida y sin otra alternativa, el hombre decide por fin, pedir ayuda.
Pero el hombre vuelve a equivocarse. Tal vez, sea la desesperación la que lo confunde o el cansancio el que no lo deja pensar. Pide ayuda a otro hombre, pero no logra hacerse entender. Utiliza las últimas y mejores palabras que encuentra en su boca, desgarra los restos de lenguaje que merodean en su cabeza y se desvive por ser escuchado. No lo logra. El otro hombre, lo mira atónito, confundido, perplejo, no logra comprenderlo. Usa sus propias palabras e intenta averiguar qué es lo que el primer hombre intenta decirle. Pero ambos enloquecen, no pueden entenderse. Sus manos, torpes, movedizas ensayan desordenados movimientos que sólo logran enredar las miradas y desesperarlas.
Reina la confusión. Ambos repiten incansablemente las palabras que les quedan, pero nada. Pareciera que la repetición de las mismas aumenta la sordera de los oyentes. Otros hombres llegan sorprendidos por los gritos y alaridos, pero nadie logra hacerse entender. Sólo se oyen sonidos confusos y los cuerpos, ya desquiciados, se desarman.
El primer hombre queda sólo, pero rodeado de todos los otros hombres. Enloquece, habla sólo, grita. Cuando ya ha quedado casi sin aliento y moribundo, calla y agacha su mirada. Ya sin palabras, se toma la cabeza con sus manos, y comienza a llorar en silencio. Segundos después, siente algo sobre su hombro. Voltea la cabeza, y observa la mano tendida de otro hombre.
Pobres los hombres… ¿Acaso no se dan cuenta de que todos, pero todos hablan el mismo lenguaje? Es sólo que sus ambiciones, sus diferencias, sus locuras, los han sumergido en la confusión, los han enloquecido. Los han hecho hablar diferentes idiomas, vivir diferentes culturas y creer que todos son diferentes. Ellos, todos juntos, amontonados, apiñados, sordos, se hablan, se confunden, se gritan y se olvidan de que todos son hombres.
Sólo a veces, algunos parecen reaccionar. Son aquellos momentos, en que todos, desesperados, olvidan las diferencias y callan sus idiomas. No hacen falta las palabras, todos entienden lo mismo. Todos, pero todos, alguna vez lo han padecido. Es aquel que ha nacido con el hombre y lo acompañará hasta su muerte. Tal vez sea por eso, que cuando el dolor aparece, todos los hombres parecieran recordar que a pesar de los diferentes idiomas, todos pero todos, hablan el mismo lenguaje.
Babel - Alejandro González Iñárritu - México, 2006.
Música: Bibo No Aozora by Ryuichi Sakamoto, Jaques Morelenbaum & Everton Nelson. Endless Flight by Gustavo Santaolalla.